domingo, 4 de septiembre de 2016

Una de extraterrestres


Ahí estoy yo. Sí bueno, en la foto hago gala de mi invisibilidad, pero ahí estoy, justo en el centro de ese bonito círculo.

Al parecer el mundo en el que habitamos se rige por líneas rectas y reglas no escritas pero socialmente aceptadas. Ajá.
Interesante.

¿Y qué ocurre con personas como yo?
¿Qué narices ocurre con los que no valemos para seguir estúpidas reglas de conducta?
Con los que vamos por libre, los que actuamos por impulso según sentimos.

Cuidadito con esto que no estoy diciendo que faltemos al respeto o similares.

Pero ahí estoy yo. 
Dentro de ese círculo estoy yo, y en los límites una barrera electrificada invisible (no os lo vais a creer pero lo de la invisibilidad lo domino) que mantiene a la gente fuera. 
Claramente el gilipollas de turno que se lleva una descarga eléctrica emocional o racional pues se caga en mis ancestros y me cuelga el cartel de persona non grata forever and ever...
Y una no es de piedra y la aludida descarga le supone un desgaste físico y emocional de tres pares de cojones.

Por supuesto que hay gente dentro de mi círculo.
Menos de la que me gustaría.
Más de la que en realidad debería.

A veces me boicoteo yo misma, menuda novedad.

Me dijo hace poco Mathew que tenga cuidado y no me deje hacer daño. Ya... pero es que yo no soy como él. Yo no soy una persona coherente y que medita las cosas. Es más, si las medito voy a acabar haciendo lo mismo que pensaba pero más tarde. 

A veces tengo la sensación de que me gusta sentir el dolor de la decepción antes que ahogarme bajo tantas capas de falsedad.
¡Claro que puedo jugar al juego de las dobleces! Pero, ¿para qué?

AJÁ, AJÁ, AJÁ
Y aquí tenemos la prueba clave del porqué soy un ser no identificado.
Un objeto sin clasificar.

¿PARA QUÉ?
Lo sé. No hay un para qué.
Algunas cosas existen sólo porque sí.


Escribí hace tiempo un texto relativo a esto...
un texto cuyo resumen sería algo así como...

Me senté en la mesa de la cafetería. Había quedado a tomar un café. Nos sonreímos y nos dimos dos besos. Me quité las gafas de sol y las guardé en su funda. Metí la mano en el bolsillo frontal de mi camisa y saqué el corazón, palpitante, rojo, cálido, y lo dejé sobre la mesa.
Hablamos, tomamos el café y disfrutamos. Podía haberse quedado en eso, sin más. Sólo un corazón sobre la mesa y dos personas que charlaban.
Pero siempre hay quien se cree con autoridad de decirle al corazón cómo debe latir, en que debe pensar... y quien lo juzga por latir a su ritmo.

Claro, de ahí a los cien mil voltios hay un paso equivocado de por medio, pero oye, siempre me prometo ser cauta.

2 comentarios:

guille dijo...

¿Quién puso las reglas?

¿Nos pregunto que nos parecían para colocarlas?

¿Quien tiene la varita mágica que dice como y cuando tiene que latir un corazón?

¿Alguien puede vivir nuestra vida por nosotros?

Pues a seguir solo las reglas personales.

¡¡ A vivir !!

Tatu dijo...

Estoy un poco más positiva. Este calor me baja la tensión, y en mi caso eso es estar a un paso de caer redonda jiji. Pero estoy mejor.

La verdad es que la gente que está en ese círculo me ayuda mucho a seguir siendo yo y a que me deje los embrollos mentales a un lado.... Les tengo que hacer un monumento :)

Por cierto, muy buenas preguntas Guille :)